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El Hollín del Espacio Intermedio – Jingle Bytes

La casa estaba dormida en una noche fría como ninguna otra, la chimenea 2500ZX automática terminó su ciclo de calefacción invernal, hacía años que las nevadas habían abandonado al pequeño conglomerado de pueblos distritales, dejando en el olvido a la blanca navidad.

Sin embargo esa noche el viento se arremolinó en el exterior, justo en el espacio intermedio entre el aire frío y el aire caliente, logrando formar un solo copo de nieve, que cayó sutilmente por el conducto de ladrillos medio negruzcos de la chimenea apagada, el copo nevado aterrizó con estruendo sobre una montaña de hollín que cubría la fuente eléctrica del aparato, vestido de negro el copo reflejó un último destello al abrirse paso hasta la energía del núcleo, el calefactor se sacudió creando en su interior una fusión de materia.

La nueva creatura de tamaño diminuto apareció dando saltos polvorientos por la hogareña habitación, se acercó a un gran árbol decorado con luces y esferas de colores viendo en su punta una estrella titilante, la esfera más cercana la hizo conocer su monstruosa figura, se contempló un poco más y disgustada se dio la espalda, un sonido clamó su atención, era un ventilador en la otra habitación, siguió aquel ruido, pasó bajo la puerta y se asustó al ver a un niño de 6 años mirando fijo a una pantalla digital, con un cable enchufado a su cabeza, no se movía parecía un robótico sobre su cama individual, trepó a su hombro curiosa por saber que lo tenía tan quieto, observó el artefacto encontrándose con un marco vacío del cuál provenía ese ruido, –Debe ser el sistema enfriador de la pantalla– pensó para sí la creaturita.

Encima de un escritorio se hallaba un librero con salida a una vieja tableta consola descuidada, la creatura brincó a un caballito mecedora de madera que casi se rompe al contacto, de allí salió disparada golpeándose contra la consola, encendiéndola sin querer, una voz femenina comenzó a leer el ebook “Un Cuento de Navidad” por Charles Dickens, sin más la creatura se comió la consola, regresó a la estancia anterior y se comió los adornos, las luces, las esferas, las calcetas que colgaban de la chimenea, el reproductor de villancicos, las galletas recién horneadas, los regalos, el frondoso árbol, el tapiz de bastones de caramelo, el ponche, la cena preparada para el 25 de diciembre, en fin todo artículo navideño programado por la casa inteligente, que sería repuesto sin problemas en cuestión de minutos.

Aumentando cientos de veces su tamaño cruzó con dificultad la puerta exterior, la gelidéz del ambiente la animó a desplazarse hasta la plazoleta central, donde se distinguía cada casa de copia idéntica a las demás, de pie como un monstruo de hollín colosal comenzó a cantar villancicos, uno tras otro sin parar, saltaba entre las ruinas de un viejo pozo, evocando las notas vibrantes hacia los pueblos distritales, poco a poco el retumbar hizo estragos en los oídos de los estáticos entes, en algún lugar de su zona pectoral algo olvidado revivió, el ritmo de miles de corazones humanos se unió a las melodías de la creatura saltarina, la calidez corporal de los humanoides compitió con los enfriadores de las pantallas, provocando una falla en el sistema, los cables liberaron sus mentes atontándoles por un instante, abrigados con ropas climatológicas se asomaron temerosos por las ventanas, interrogándose mutuamente sobre la cosa extraña que tenían de frente, el niño de 6 años caminó desde su alcoba siguiendo la pista de hollín, abrió la puerta de entrada mirando a la bestia con inocencia, extendió su manita regordeta y la tocó diciéndole –¡Feliz Navidad!–.

El espíritu de la Navidad que adquirió su aspecto por la fusión del hollín que representaba el olvido del que los humanoides fueron partícipes al hacer de lado los momentos familiares, de amistad y celebración, tornando el contacto humano/humano en una especie de estorbo por enfrascarse en sus aparatos, permitiéndoles a éstas herramientas convertirse en los celadores de sus vidas y el copo de nieve que simbolizaba la vida, la alegría, el amor, el cariño, la confianza, los buenos recuerdos, el gozo y la felicidad obscurecida por un poco de hollín… sonrió, dirigiéndose al infante anunció –¡Feliz Navidad!, no permitan que me empolve de nuevo, con una sacudida cada tanto bastará– y la creatura se convirtió, en la primera nevada ese bello día de navidad.

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