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Los tiempos de Cristiano y Messi

 

“Si alguna vez contaran mi historia, cuenten que caminé entre gigantes. Los hombres nacen y se marchitan como el trigo invernal pero estos nombres nunca morirán. Cuenten que viví en los tiempos de Héctor, domador de caballos. Cuenten… que viví en los tiempos de Aquiles el de los pies alados”.

 

Tengo veinticuatro años de edad, quién sabe hasta cuando viviré y lo que presenciaré, disfrutaré y sufriré en ese lapso, pero lo que es este tiempo, será imborrable, increíble, inmortal.

Que mis ojos y los de otros tantos millones contemplen en vivo, en su casa, en los bares, en donde sea, las exhibiciones que brinda el fútbol es un verdadero privilegio que, si queremos, podremos contar.

Gracias a los poemas que cuentan las historias y hazañas de los distintos héroes griegos que las comandaron y vivieron, conocemos las gestas en las que se jugaba más que un partido; en ellas, la vida misma se apostaba en pos de la conquista de un territorio, un imperio, un rival.

Fácilmente podemos transportar estas gestas a lo que sucedió en estos días en el fútbol europeo, más concretamente con el Real Madrid y el Barcelona en la Liga de Campeones de Europa. Es el torneo más importante a nivel de clubes en el mundo y los dos colosos españoles tenían que ganar sus respectivos juegos para acceder a la final.

Ambos equipos cuentan, como en las epopeyas griegas, con referentes y líderes que encabezan la ideología, fútbol, filosofía y objetivos de cada plantilla, de toda una entidad, de una feligresía en la grada que los ve como dioses, eternas deidades incólumes.

Cristiano Ronaldo, para Real Madrid, Lionel Messi para Barcelona, dos dioses, dos olimpos, un mismo hecho. Un mismo acontecimiento qué contar y que digan que lo vi o vimos, sufrimos, gozamos, reímos y lloramos.

¿Qué pasó el martes y qué el miércoles? Esos días fueron marcados en el calendario por todos los mortales para presenciar la perfección del balompié.

El primer dios en aparecer era Lionel, aquél muchacho de Rosario que en una servilleta, y con una firma apenas perceptible, sentenció su amor culé, su amor por el F.C. Barcelona.

Aquel pibe en ese momento se echaba al hombro a una entidad más acostumbrada a la lucha y el sufrimiento y canjearlo por magia, triunfos, fútbol asociación en esplendor y geometría. Así, decidió no ser profeta en su tierra, mejor quiso predicar del otro lado del charco y ¡cómo lo hizo!

Con regates, pases exactos e inverosímiles, jugadas sólo que aparecen en las consolas de videojuegos, ganó lo que quiso, recibió alabos de compañeros y rivales, trofeos que ya no caben en su casa y, lo que es más, la suma de que todo eso junto lo hacían alguien de otro planeta, aunque él no dejara de ser una simple “pulga”.

El martes esa “pulga” entendió lo que era, quiso convencerse de que, contra los escenarios adversos era un dios, de pronto… gritó, se detuvo y, cuando falló un penal que le daría la ventaja a su equipo, decidió que el poste de la portería gritara por él ¡YA BASTA!…

Basta de cargar con todo, basta de vivir en el olimpo, basta de no tener la oportunidad de aprender con los mortales, decidió decirnos “también puedo ser humano cualquier tarde”. Pero erró en escoger esa tarde, porque ese era el momento para ascender aún más; optó por ser de este planeta y el Barcelona cayó. Cayó porque no pudieron penetrar la muralla londinense que el rival construyó y –como Ulises de camino a Ítaca– los ingleses arriesgaron y regresan a Londres como finalistas.

En tanto en el otro lado, allí donde persiguen el trofeo como el coyote al correcaminos, las cosas estaban tranquilas pero tensas. Real Madrid se jugaba también el todo por el todo y su exponente, ese portugués que en el mismo campo del Barcelona señaló “calma, calma” sabía que esa noche era su consagración, su momento, ese en el que mostrar el muslo y amedrentar rivales tenía que ser total pero…

Aquel lusitano con la marca de Ronald Reagan en su nombre, y la moda, el glamour y la parafernalia armada en sus días en Manchester, encabezaba a once guerreros por la conquista de Múnich, pero primero debían vencer a su fiel escudero y vigilante bávaro. Todo pintaba perfecto, los blancos ganaban y, al igual que Aquiles en la conquista de Troya, Cristiano se sabía amo y señor del combate, respaldado por once gladiadores y su hambre de revancha.

Sin embargo, el rival resucitó y llevó la disputa hasta el final, hasta las ejecuciones cara a cara y allí, allí el famoso talón fue la ejecución de Cristiano; el dios merengue se convirtió en humano, fue tocado por la mortalidad, el rico, guapo y buen jugador lo era, pero era del planeta azul futbolero.

Después, ambos dioses despertaron en un lugar donde están los demás, los que sueñan, los que intentan, que los ven y sólo hay aplausos u odio, alabanzas o insultos, seguidores y detractores, despertaron en el mundo real que ellos, desde el Olimpo, quieren conquistar cada fin de semana.

Barcelona amo y señor de este último tiempo, por lo pronto está sin liga local ni Liga de Campeones, sólo la copa de un rey con el que no congenian en Cataluña.

Real Madrid, “el puto jefe y puto amo”, tiene la liga de España en sus manos, tendrá que sobreponerse al hecho de que Múnich ya tiene posibles conquistadores, ellos sólo pueden conformarse con levantar el puño por ser el mejor ibérico que existe.

Se le agradece a Messi que haya llevado a su Barça hasta donde lo dejaron y él mismo se permitió, sin olvidar su labor de mago y figura ideal culé; Cristiano con su “perdonen, les debo una final” se reposiciona con el madridismo que, como él, son humanos y se lo perdonarán.

Poder ver que hasta los mas grandes fallan, que lo hacen mientras caen con la cara al sol, que detrás de un dorsal se esconde un ser humano, que detrás de un Messi hay un Lionel introvertido y humilde; que detrás de un Cristiano existe un Ronaldo extrovertido, pasional, provocador pero aferrado a sus ideales y con su gente, es algo que podremos contar, revivir, recordar.

Que digan que viví en tiempos del Barcelona geométrico y exacto y del Real Madrid vertiginoso y letal. Que digan que vi cuando una “pulga” era capaz de burlar y humillar a cuatro o cinco hombres. Que digan que vi como un “Cristiano” entró en territorio enemigo y pidió calma y, con ello, conquistar un Campo Nuevo.

Que digan que vi cómo ambos, a su modo y en búsqueda de la gloria, simplemente en el día D, por mero capricho que ostentan sólo los superdotados, acordaron convertirse en seres humanos.

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